La mujer solo tuvo que expulsar unas cuantas bocanadas de humo, una tras otra, fijar la vista en la puerta, en el aire veinte o treinta centimetros por debajo del techo y conseguir un punto de equilibrio que le permitiera lograr cierta autonomia de imagen, lo suficiente como para otorgarle una independencia total, pero fatalmente ilusoria y por eso mismo, dotada de una capacidad plena para conferir movimiento, abrir la puerta y proyectar una escena completa. Ahi estaba otra vez, la historia volvia a reproducirse por su cabeza como si el tiempo que habia pasado entre aquel recuerdo y hoy se hubiera esfumado en esos pocos segundos de delirio.
